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PRÓLOGO/Humberto Musacchio  

La manifestación del rector, del 1º de agosto de 1968 en una foto de Rodrigo Moya.

Los estudiantes de 1968 desconfiábamos profundamente de la historia nacional, alterada y ultrajada desde el poder, convertida en homenaje insincero, en verborrea de jilgueros y en burla de funcionarios. Gustavo Díaz Ordaz, para evidenciar su megalomanía, se atrevió a autotitularse siervo de la nación, lo que era un escupitajo sobre el recuerdo de José María Morelos, ejemplo de respeto al Congreso y de servicio a su patria.

 

La historia era un desfile interminable de héroes de bronce, de hazañas recogidas por la frialdad del mármol y discursos del Día de la Bandera. Nuestra generación se formó escuchando a la revolución momificada, viendo desfilar el zapatismo escenográfico de la cnc, con el nombre de Juárez vomitado por los licenciados cenopistas y la gesta de Cananea cantada por el desafinado coro de los líderes charros.

Lo admirable no es que en las primeras manifestaciones del 68 estuvieran ausentes los héroes nacionales, sino que el movimiento mostrara una asombrosa capacidad para reaprender la historia en unas cuantas semanas y acabara por reivindicar como suyos a Hidalgo y a Morelos, a Juárez y a Flores Magón, a Villa y a Zapata; que levantara nuevamente sus banderas y que tantos jóvenes decidieran seguir su ejemplo de entrega y de sacrificio.

Los gobernantes, a lo largo de muchas décadas, habían dado a los mexicanos una versión pervertida de su historia, habían escamoteado hechos, motivos y héroes, pero aun así no podían ocultarlo todo. Gracias a maestros patriotas se mantuvo en la memoria colectiva la agresión estadounidense y el gran robo de 1847; no se olvidaron los destellos socializantes de Morelos ni que Benito Juárez, como Ho Chi Minh un siglo después, había encabezado la resistencia de su pueblo contra el ejército más poderoso del mundo. Se hizo presente que los villistas eran masas pobres que querían el pan y los zapatistas la tierra; que Ricardo Flores Magón era anarquista y que Lázaro Cárdenas, a diferencia de los gobernantes del 68 y pese a ser del mismo partido, supo defender la dignidad de los mexicanos y el patrimonio nacional.

Por las venas de los jóvenes del 68 corría sangre transformadora y lo entendieron en aquellas jornadas. Esa herencia había estado presente en la escuela y en la familia, en los corridos y en la letra impresa. Les habían enseñado que, cuando un régimen cierra las puertas a la discrepancia y a la protesta, brota incontenible la rebeldía justiciera. La generación del 68 traía el afán de cambio en los genes y eso explica que escuelas despolitizadas hasta unos días antes entraran al Zócalo gritando no queremos Olimpiada, queremos revolución.

Durante décadas, el ejercicio de la política estuvo confinado al pri y a sus comparsas, actores de una perpetua danza de indignidades. Por eso, la defensa o siquiera algún planteamiento reformista en torno al sistema electoral era ocioso, inútil. No valía la pena discutir algo tan cabalmente desprestigiado entre los jóvenes. México era una nación sin prensa libre, sin partidos de verdadera oposición, sin autonomía judicial y sin un Congreso capaz de equilibrar los poderes. Lo cierto era que el país estaba gobernado por una pandilla de ladrones, políticos autoritarios con los de abajo, pero serviles con los de arriba, trepadores enriquecidos, sucios. Esos políticos no merecían más que desprecio e insultos. Y eso recibieron en los días nuestros.

Formamos parte de un movimiento mundial que repudiaba el gradual ismo y quería un cambio completo, ese día y a esa hora. En la geografía y en el tiempo estaba muy cerca el triunfo de la Revolución cubana, su prometedora novedad, su imaginativa manera de ser de izquierda, su asunción de los valores y los héroes latinoamericanos, el respeto a los próceres y a su actitud ante los problemas de siempre: la pobreza y la dependencia de algún imperio. La historia no se repite, pero los hechos suelen ser irresistibles cuando tienen el atractivo de la epopeya y secuelas ejemplares como el internacionalismo generoso de Ernesto Che Guevara.

El cartel para la marcha de 1994, de la Coordinadora de Trabajadores del Arte y la Cultura de la Convención Nacional Democrática (CND).

 

En aquel año, el mundo se puso de pie y hubo días y meses en que vivimos la utopía. Se produjeron movimientos estudiantiles en cerca de treinta países. La juventud de Estados Unidos se opuso a la intervención de su gobierno en Vietnam y en lugar de sangre y guerra propuso amor y paz. En Checoslovaquia se vivió la Primavera de Praga que aplastaron los tanques soviéticos. En Yugoslavia también estalló la protesta, pero ahí el mariscal Tito dio la razón a los estudiantes y destituyó a los burócratas que coartaban los sueños de aquella generación. El Mayo Rojo francés no sólo contó con la totalidad de las escuelas de enseñanza media y superior, sino que estimuló a los trabajadores a defender sus derechos, lo que derivó en la huelga de diez millones de obreros. El mundo estaba preñado de una incontenible ansia libertaria y los jóvenes mexicanos no podían faltar a su cita con la historia.

Eran tiempos en que los presos políticos llenaban las cárceles mexicanas. Entre los motivos de su reclusión estaban delitos tan graves como ejercer el derecho constitucional de huelga, como era el caso de Valentín Campa y Demetrio Vallejo en los paros ferrocarrileros o el de Adán Nieto Castillo, abogado de los choferes de la línea de camiones Peralvillo-Cozumel. Estaban también los trotskistas del Partido Obrero Revolucionario recién llegados de la frustrada revolución guatemalteca, los miembros del grupo protoguerrillero de Víctor Rico Galán o los integrantes del Movimiento de Izquierda Revolucionaria Estudiantil, acusados de poner una bomba en la embajada de Bolivia por el asesinato del Che o de volar en un acto de justicia poética la estatua que Miguel Alemán para ofensa de estudiantes y profesores, se mandó erigir de toga y birrete en la Ciudad Universitaria.

Aquellos presos por motivos políticos eran héroes vivos del 68, los que supieron decirle no al poder y a la desesperanza. Por ellos, cientos de miles de jóvenes, acompañados de sus maestros y, en muchos casos de sus padres, tomaron las escuelas y las calles, y llenaron el aire con sus cantos y sus consignas. El torrente aquel barrió con grupos y grupúsculos de nuestra izquierda, hundida entonces en el bizantinismo de sus debates, atada por sus prejuicios y perdida en interminables pleitos por la posesión de la verdad, como si en materia social alguien pudiera tener la ˙última palabra.

En aquellas circunstancias, la defensa del voto o la exigencia de un sistema electoral equilibrado nada tenían que ver con lo que anhelábamos. Aunque en las asambleas se repetía cotidianamente que no estábamos en el umbral de la revolución y que esa noche no tomaríamos por asalto el Palacio de Invierno; aunque en el Consejo Nacional de Huelga una y otra vez eran derrotadas las posiciones maximalistas, lo cierto es que el ambiente estaba cargado de presagios que incitaban a vivir el advenimiento, la caída de los tiranos y el momento de la gran ruptura. Y creyentes y ateos cantábamos, como en la guerra civil española: “¿Cuándo querrá Dios del cielo que la tortilla se vuelva...?”.

Díaz Ordaz y sus cómplices ejecutaron la matanza tlatelolca y el movimiento se fue desactivando hasta que hubo que aceptar no sólo el regreso a clases, que era lo de menos, sino el retorno a la gris realidad de todos los días, a la esterilidad de aquel orden, a la ausencia de un futuro deseable. Por eso tantos estudiantes optaron, como quería Mao, por servir al pueblo, por convertirse en obreros, por irse a vivir y a sufrir con los campesinos, los colonos y otros sectores que en los años siguientes se pusieron en marcha. Los más impacientes tomaron el camino de la guerrilla y su elección aumentó el número de nuestros presos y nuestros muertos.

Sufrimos una y más derrotas, pero no fuimos vencidos. Habíamos recibido una nueva formación emocional y comprendimos que arte y política no marchan separados. La rebeldía germinó en la creación estética y produjo un amplio muestrario de prosa y poesía, en la danza emergieron compañías que le dieron un nuevo sentido a su quehacer, el teatro fue un medio privilegiado para la denuncia y la construcción de una diferente mentalidad, el canto nuevo llenó los aires de belleza, de esperanza y exigencia de justicia; la plástica se enriqueció con los aportes del 68, artistas conscientes guardaron una valiosa colección de carteles que han merecido varias ediciones y es, a la distancia, el grito nunca acallado de la protesta y una escuela invaluable para varias generaciones.

En los años setenta, las banderas de la dignidad fueron levantadas por los electricistas de la Tendencia Democrática y por el sindicalismo de los trabajadores universitarios. Diez años después, empezamos a tener partidos creíbles, pero siguió presente la ilegalidad del poder, el submundo de los cacicazgos y, de varias maneras, la engañifa de siempre con las elecciones. Con exasperante lentitud, fuimos ganando espacios en la prensa y un margen de libertad que hemos sabido defender, como lo expresa el surgimiento de periódicos y otros medios de comunicación, con reporteros y articulistas críticos, fotógrafos de proyección internacional y la floración de un poderoso movimiento en la caricatura.

Por supuesto, en estos cincuenta años, hemos pasado por momentos trágicos, amargos, como la matanza del 10 de junio de 1971 y la impunidad de los asesinos, especialmente de Luis Echeverría Álvarez, su comandante en jefe. No han sido pocos los obstáculos y las trampas del poder, pero hemos avanzado.

Para llegar hasta donde estamos nos tocó vivir los sismos de 1985 y el gran despliegue de solidaridad popular; tuvo que entrar en escena el Ejército Zapatista de Liberación Nacional y su anhelo de igualdad para los indios; ocurrió el asesinato del candidato priista a la Presidencia y el régimen político se supo acorralado. De no haber confluido todas estas circunstancias, ni siquiera existiría el cuestionable ife, ahora travestido en ine, que cierra los ojos ante la intervención indebida del gobierno y del dinero.

El cambio de partido gobernante en 2000 no derivó en una transformación de las instituciones ni del régimen político, que se revuelve en su descomposición, pero sigue presente. La vida nacional se ahoga en la corrupción y el crimen. Partidos y gobiernos no han sido capaces de responder a las expectativas de la sociedad ni a las necesidades más elementales de la gente común. Por eso, vuelven a soplar vientos revolucionarios y se encienden de nuevo los sueños de redención.

En los ˙últimos cincuenta años, la historia no se ha detenido. Individual y colectivamente, el movimiento cultural avanza y, en este libro, se ofrece una muestra de ese devenir incontenible. En las letras, en el canto, en las imágenes y en otras manifestaciones se mantiene viva la llama del cambio. Empieza a producirse un incendio en las conciencias, y cuando eso ocurre, ningún 2 de octubre puede apagar ese fuego.