12.png

Prólogo

Para indagar y comprender la cultura digital

Fascinante e inevitable, el entorno digital nos envuelve, está en nuestras vidas y de varias maneras formamos parte de él. Consumimos, propagamos y hacemos cultura digital todos los días, todo el tiempo. Pero no necesariamente la comprendemos ni somos capaces de identificar la densidad y la evolución de lo digital en cada segmento del mundo contemporáneo.

Desde las ciencias sociales presenciamos, casi siempre con azoro, las raudas transformaciones que imponen las tecnolo­gías digitales. Nos cuesta trabajo atisbar sus alcances antes que otra cosa porque no podemos tomar distancia respecto de esos cambios en los que estamos involucrados. Si ya era intenso y creciente el uso de plataformas digitales de toda índole —para socializar y enseñar, consumir y producir, adquirir y contemplar— la pandemia lo acentuó. Las com­pras en Amazon y Cornershop, la lectura en Kindle, el ocio consagrado a Netflix y, desde luego, las reiteradas sesiones en Zoom, extensión lo mismo del aula que de la sala de estar, han permitido sobrellevar estos tiempos en los que debemos convivir con la epidemia. Los renovados usos de lo digital obligan a redoblar los esfuerzos para entender tales realida­des, comenzando por las prácticas sociales que se despliegan gracias a ellas. No hay reflexión de la circunstancia actual que no tenga que incorporar, de una u otra forma, ese elemento omnipresente que son el entorno y la cultura digitales.

Para comprender la cultura digital es preciso construir o aprovechar instrumentos afianzados en ese entorno. Las ciencias sociales ofrecen marcos de referencia que permiten analizar a las personas en comunidad y sus formas de organiza­ción e interrelación. La sociología, la antropología o la historia, entre otras disciplinas, han acuñado fructíferas colecciones de conceptos y métodos para indagar los segmentos de la realidad que les corresponde estudiar.

 

A esos recursos para recuperar experiencias y datos en espacios sociales y documentos con­vencionales, desde hace más de dos décadas tenemos que añadir herramientas y métodos que hagan posible hurgar en los territorios específicamente digitales. En ellos hay una ex­tensa disponibilidad de expresiones y de información que para ser identificadas, registradas, interpretadas y sistematizadas requieren de recursos y procedimientos, precisamente, digitales.

En ocasiones se pueden aprovechar las capacidades de sistematización y procesamiento que ofrecen programas y equipos de cómputo; en otras, es preciso acudir a las aplica­ciones que dan acceso a la información de redes sociodigitales. Con frecuencia, además, se requieren pautas claras que implican prácticas de carácter ético para extraer y analizar los contenidos que las personas dejan a su paso por tales redes. Se trata, siempre, de comprender a las personas en su circunstancia como protagonistas de los entornos digitales. Se trata de saber de qué manera se replican en tales espacios las formas de socialización, de intercambio y de cultura, en su acepción más amplia, que hay fuera de línea y sobre todo qué modulaciones específicas, cuáles costumbres o nuevas prácticas se afianzan gracias a las usanzas digitales. Los es­tudiosos de la cultura digital tienen delante suyo (o más bien en el entorno del que forman parte) un mundo o una colec­ción de espacios, extremadamente atractivo para el análisis desde las ciencias sociales.

Los autores congregados en este libro hacen venturosas contribuciones para examinar la cultura digital. Desde diver­sas perspectivas, describen e incluso construyen metodologías propicias para la investigación en este campo. Dorismilda Flores-Márquez y Rodrigo González Reyes reúnen aquí sus propios textos y los de seis colegas suyos que compendian búsquedas y lecciones obtenidas, tanto en el trabajo de cam­po digital como en la reflexión sobre sus propias tareas de investigación. Aunque, como hemos señalado, los estudios digitales arrancan por lo menos desde que comenzó el siglo actual, la teoría y la práctica que los distinguen evolucionan de maneras discontinuas. Por una parte, los espacios y (para emplear la terminología de uno de los textos de este libro) los objetos digitales se modifican constantemente debido al desarrollo tecnológico, pero también a causa de las variadas apropiaciones que las personas hacen de ellos. Además, el arraigo social y las diversas implicaciones de lo digital no han dejado de incrementarse, a la par que el empleo de dispositivos y conexiones cada vez más versátiles, ubicuos y extensos. Y el pensamiento acerca de los espacios y la cultura digitales también ha variado e influye en el diseño de las investigaciones acerca de estos temas. 

En varios de los textos de este libro, los autores reflexio­nan en voz alta sobre las indagaciones que han realizado. El testimonio que ofrecen resulta especialmente valioso para quienes, como ellos en fechas recientes, incursionan en el estudio de lo digital. En su relato autobiográfico, César Augusto Rodríguez Cano explica cómo se construye una definición metodológica, especialmente cuando el investi­gador se encuentra delante de opíparas bases de datos que, sin embargo, no son necesariamente representativas de todo lo que ocurre o todo lo que contiene una red digital sobre un tema determinado. La descripción de varios programas y métodos de extracción de datos ratifica la necesidad de que el investigador digital conozca el funcionamiento de estas herramientas, porque de otra manera no hay análisis, sino acumulación de datos de redes sociales. También Gabriela Elisa Sued Palmeiro comienza su texto en primera persona para recordar la virtualización de nuestras vicisitudes durante la pandemia y, de esa manera, la relevancia que adquie­ren los algoritmos en la definición de los contenidos que ofrecen las redes sociodigitales. Es más sencillo exponerse a esos mecanismos que comprenderlos, como bien acota esa investigadora al insistir en que los objetos digitales tienen que ser estudiados con métodos surgidos del entorno digital. Paso a paso, de manera didáctica, relata cómo construyó sus bases de datos y luego las organizó para visualizarlas y estudiarlas. 

El dilema entre la creación de una muestra representativa y el examen etnográfico de circunstancias concretas remite a la eterna paradoja entre el bosque y los árboles que ha abrumado a generaciones enteras de científicos sociales. En los estudios digitales se ha comprobado que esa disyuntiva es innecesaria. Se puede trabajar con grandes bases de da­tos para identificar tendencias, mostrar incluso de manera gráfica el desempeño de un hashtag o la propalación de un contenido y, luego, ir a casos específicos para rescatar la ex­periencia de personas con apreciaciones, biografías y formas específicas de aprovechamiento, consumo o socialización de lo digital. Dorismilda Flores-Márquez, al describir los rasgos de la etnografía digital, subraya un principio básico de la investigación social: por muy preciso que sea el diseño de una indagación —y siempre es deseable que lo sea— la creatividad y la capacidad de adaptación del investigador son esenciales. La etnografía digital se apoya en variados recursos técnicos (pantallas, cámaras, celulares, etcétera), pero de nada sirven los registros de las vivencias de otros sin la mirada inquisitiva del investigador. 

El concepto mismo de etnografía digital da pie a Rodrigo González Reyes para reflexionar sobre la perspectiva —y los dilemas— del investigador que se encuentra inmerso en la realidad que aspira a describir. Al seguir los recorridos de los usuarios de espacios digitales, el trayecto del investigador puede ser tan provechoso como la recopilación y el análisis de datos. La observación etnográfica planteada como itinerario, que parte de un mapa previamente diseñado pero que con frecuencia conduce a veredas insospechadas, se beneficia siempre con un investigador dispuesto a examinar las sor­presas que aparecen en esos caminos. 

Al describir la ruta de una investigación precisa, Claudia Benassini Félix revisa su propio estudio. La planeación, la cons­trucción de preguntas, la definición de método y su aplicación para conocer las interacciones que se suscitan en un grupo de Facebook, es un pedagógico ejemplo de investigación digital. A diferencia de otros autores, Lidia A. García-González elige la observación no participante para estudiar expresiones de movimientos sociales en línea que puede complementarse con entrevistas cualitativas y análisis de textos. La amalgama de acercamientos metodológicos enriquece las posibilidades del análisis y le permite al investigador ampliar o cotejar con uno de esos recursos la información que obtuvo en otros. También ofrece una detallada guía para hacer entrevistas en línea, a partir de las consideraciones de una completa batería de autores. 

En sendos artículos, María Rebeca Padilla de la Torre y Ana Isabel Zermeño Flores proponen una investigación digital que trascienda la observación para influir en la modificación de las condiciones sociales que describe. Padilla enumera siete enfoques metodológicos que involucran al investigador en un compromiso participativo. Zermeño pondera la utilidad del enfoque de marco lógico en proyectos que contribuyan al desarrollo humano. Las inquietudes de estas autoras remiten al añejo dilema de los pensadores que se limitan a interpretar el mundo cuando lo que hace falta es cambiarlo. En realidad lo mismo en el entorno digital (cuya existencia misma es demostración de cambios) que en los entornos fuera de línea, no debiera haber tal disyuntiva. Para cambiar al mundo —al que sin duda le hacen falta cirugías mayores—, antes hay que entenderlo. 

Cuando leía los textos que integran este libro recordé la invitación que, hace más de seis décadas, hacía C. Wright Mills para desarrollar la imaginación sociológica que “con­siste, en una parte considerable, en la capacidad de pasar de una perspectiva a otra y en el proceso de formar una opinión adecuada de una sociedad total y de sus componentes […] su esencia es la combinación de ideas que nadie esperaba que pudieran combinarse” (2003: 363-364). Las aleccionadoras indagaciones y las cimentadas certezas metodológicas que describen los ocho autores de este libro, la destreza con la que toman y reelaboran conceptos e instrumentos, la demostración de que los estudios de esta índole requieren de enfoques multidisciplinarios, la apuesta a la búsqueda, antes que a certezas circunstanciales, actualiza para la investigación digital aquella inquietud de Wright Mills. 

Raúl Trejo Delarbre